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Ya lo decía yo.

Por Pegaso

Esas fastuosas mansiones y la vida de gran lujo que se dan las estrellitas de la televisión no se las ganan fácilmente con el sudor de su frente.

Sentado en mi mullido cumulonimbus veo cómo se desarrolla el nuevo culebrón protagonizado por Telerisa y su jefe máximo, Emiliano Espárrago (Nota de la Redacción: Los nombres contenidos en esta columna se han cambiado para evitar posibles repercusiones legales).

Resulta que todas, o más bien, la mayoría de las galanas y galanes que protagonizan las churronovelas son o fueron mercancía de lujo para saciar los apetitos sexuales de publicistas y potentados.

Esto no es nada nuevo porque ya se sabía de mucho tiempo atrás cómo se la rifan en el ambiente de la telera.

Dícese, no me consta, que en aquellos lejanos días en que la Feria de Reynosa era toda una señora feria, vino a presentar su show violenisco la entonces afamada vedette de moda Olga Preeskin.

Dueña de ebúrneas curvas y pectoral encanto, la Preeskin era el sueño de todos los mexicanos, desde el más encumbrado empresario hasta el más modesto chalán de albañil.

En una ocasión llegó don Juanito Rosas, un viejo periodista, al palenque donde se presentaba la artista.

Ahí se encontró a un amigo que le cedió un asiento en primera fila. En esa ocasión se rifaba una noche de placer con Olga Treeskin.

El sujeto le entregó un boleto a don Juanito y le dijo: «Tome, mi amigo, espero que tenga suerte».

Y la tuvo.

Palpitándole el corazón de alegría y excitación, terminándose la actuación de la vedette, ni tardo ni perezoso se fue boleto en mano al hotel Virrey, donde se hospedaba la diva.

Ella estaba en su habitación, relajándose, luego de su fulgurante actuación.

Los guaruras vieron venir a aquel señor chaparrín y lo detuvieron metros antes de la entrada.

-¿Qué quiere?-le preguntaron.

-¡Me saqué la rifa con Olga Treesking!-respondió eufórico.

-Tenga sus cien pesos del boleto y váyase a la chingada,-fue la respuesta de los guarros.

Pero no sólo Olga Treesking se prostituía gracias a la proyección y a la complicidad que desde entonces tienen las rutilantes figuras del espectáculo por parte de Telerisa y otras empresas televisoras.

Un amigo me platicaba ayer que también en su tiempo dio su amor en greña la chaparrita Ana Martínez, protagonista de la novela «El Pescado de Okuky».

«Un día me invitó a su casa, qué digo casa, era una enorme mansión»,-comentó mi cuate Wato Boux.

Y asegura que le dijo que ni trabajando a diario en las telenovelas podría haber adquirido tal posesión, a lo que la entonces bella actriz le contestó: «Tienes razón, fue un regalo de Fulanito».

La pus salió después de que la también actriz Katia Del Caspillo dijo que Telerisa era el prostíbulo más grande de México, donde las guapas y jóvenes estrellas son enviadas como estímulo o como premio a los ejecutivos de las firmas comerciales o de las compañías de publicidad que trabajan con la televisora.

Katia asegura, jura y perjura que ella no accedió a ser dama de compañía, pero quién sabe.

Hay que recordar que después de que la televisora la ventaneó con el affraire de El Chapo Guzmán juró vengarse del Tigrillo Espárrago y empezó a sacar los trapitos al sol.

Como resultado, Emiliano Espárrago tuvo que dejar el timón de Telerisa y contentarse con una simbólica Presidencia del Consejo.

Las empresas de televisión de México, y me imagino que de muchos países del mundo, son el escaparate ideal para aquellas y aquellos aspirantes a estrellas que pueden no tener talento, pero sí belleza física.

Gracias a esos encantos es que van escalando poco a poco hacia la fama, pero para eso tuvieron que pasar por las armas de muchos y muchas.

Recordad el caso muy sonado de Verónica Rastro.

Bajita de estatura, propietaria de una abundante y sensual cabellera, y unos ojos verdes hermosísimos, cayó en manos de El Orate Valadez, que estaba y sigue estando más feo que un coche por debajo.

Sin embargo, gracias al poder que tenía el cejudo personaje, la pasó por las armas y como fruto de ese amor surgió el «Gallito» Feliz.

Un personaje clave en ese mundo de degenere que es el detrás de las cámaras de las grandes televisoras-ya que no sólo es Telerisa, sino que otras empresas, como Teleaztuerca no curten malas vaquetas-, fue en su momento Raúl Delasco.

Delasco ponía y quitaba programas, aún sin contar con la anuencia o conocimiento de Emiliano Espárrago grande.

Comentaba mi amigo, que en algún tiempo estuvo ligado al espectáculo nacional, que en cierta ocasión hubo un diferendo entre Delasco y el entonces super famoso Luis Manuel Pelado, conductor del popular programa «Sube, Pelado, Sube».

Como resultado, el programa se acabó y Pelado dejó de aparecer en la pantalla chica, todo a causa de su enemistad con el conductor de «Siempre lo Mismo», Raúl Delasco.

Pero además, éste decía qué artistas tenían posibilidades de llegar al estrellato y cuáles no.

La condición era que debían hacer todo lo que él les ordenara, incluyendo favores sexuales a los patrocinadores de su programa.

Otro escándalo mayúsculo que trascendió a la opinión pública fue el de la Previ-Andarade.

El muy colmilludo y cachondo Sergio Andarade se dedicaba a «descubrir» nuevos talentos, que eran jovencitas bellísimas de entre 14 y 15 años para, según él, proyectarlas internacionalmente y convertirlas en exitosas cantantes.

La realidad era que tenía su harén propio con puras chiquillas que deberían estar jugando con muñecas en lugar de hacerle piojito al lujorioso sujeto.

Aquí tuvieron mucho que ver los papás de las chavitas, quienes, deslumbrados con la posibilidad de que sus hijas se convirtieran en estrellas, no vieron la mirada zorruna del pervertido, hasta que ya fue demasiado tarde.

La cloaca está abierta.

Los mexicanos nos vamos a enterar a partir de ahora, si no logran tapar a tiempo el escándalo, cómo se la gastan los dueños de los grandes consorcios televisivos.

La denuncia pública que hizo Katia del Caspillo es sólo la punta del iceberg y no dude ni tantito que llegue a raspar incluso a grandes y encumbradas figuras de la política nacional.

Por lo pronto, los dejo con el refrán estilo Pegaso que a la letra dice: «¡Observa qué persona se refiere a mí como dispensadora de placeres carnales bajo remuneración, Petra, la portadora de enormes pendientes en forma de aro!» (¡Mira quién me dice puta, Petra la de las arracadas!).

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